Asimismo, ha confirmado que la víctima, Alfonso, de 79 años,
se llevaba a chicos «muy vulnerables»
a su piso a cambio de sexo, a quienes encerraba con llave cuando él
salía, y que eran frecuentes los conflictos. «Era asqueroso», ha
señalado.
El juicio ha arrancado este lunes en la Audiencia de Valencia
por el procedimiento del jurado y está señalado hasta el próximo 3 de
febrero. El crimen, por asfixia, se cometió entre la noche del domingo
21 de enero de 2024 y madrugada del lunes siguiente.
El ministerio fiscal solicita para el acusado --que conocía a la
víctima porque tenían una relación de amistad desde hacía meses-- un total de 28 años de cárcel por asesinato
--que considera que cometió de acuerdo con una persona no
identificada--; robo con violencia de sus tarjetas y por estafa
continuada.
«No sostengo que él le apretara el cuello, que es como lo mataron,
pero sí que estuvo allí, tuvo una participación directa, eficaz y
decisiva en los hechos», ha mantenido el fiscal, quien, por tanto,
considera al acusado autor, coautor o partícipe necesario en el crimen,
ha señalado al jurado.
Por contra, la defensa niega el delito de asesinato y asegura que
Miguel ni siquiera subió esa noche a la vivienda y, de hecho, no se
encontró ninguna huella suyo ni rastro alguno de su ADN, aunque sí el
ADN de un varón desconocido, y siete huellas dactilares de una persona
que tampoco ha sido identificada.
Solo reconoce el delito de estafa por el uso de las tarjetas, por el
que pide un año de cárcel, y por el que reclama indemnizar a la familia
de la víctima en la cantidad de 1.452,16 euros (2.327,16 euros
defraudados menos 875 euros ya recuperados).
El abogado ha cuestionado
la investigación policial: «Empezó de atrás a adelante; en menos de 24
horas dijeron que ya tenían el culpable, y trataron de cuadrar las
piezas, pero empezaron a hacer aguas, no encontraron nada en cuatro
registros» y la «cerraron en falso», ha expuesto. Ha señalado que lo que
«más duele es que el verdadero responsable está en la calle y no se ha
hecho esfuerzo en encontrarlo».
El cadáver lo descubrió el portero, que reside en el edificio y que
ha declarado en esta jornada. Según su versión, el día de los hechos
abrió la portería a las 9.00 horas como de costumbre, y a los pocos
minutos le llegó un mensaje del canónigo diciéndole que se iba a
ausentar hasta el fin de semana. Le generó «duda» la forma en la que
estaba escrito, pero no lo vio con «normalidad» porque tenía un
apartamento en la playa de El Perelló.
Pero sobre las 11.15 se personó un amigo de Alfonso --decía que eran
«como hermanos»-- preocupado porque habían quedado para «una cosa
importante» y no le cogía el móvil.
Subieron y, tras llamar dos veces y
no recibir respuesta, el portero abrió con la copia de las llaves que
tenía. Las únicas porque la víctima «tenía mucha discreción por el hecho
de que le pudiera robar» y era «muy precavido a la hora de abrir la
puerta porque había tenido muchos conflictos con los chicos».
Al girar la llave la puerta no estaba cerrada. Entró y, al asomarse
al dormitorio, vio al canónigo tumbado boca arriba y la cama «revuelta,
usada».
«Claramente vi que estaba muerto, lo vi como una especie de
momia con la boca abierta, salí chillando en un estado de nervios muy
grande», ha recordado. En ese momento le entró un segundo mensaje desde
el móvil de Alfonso preguntándole si estaba todo bien. Los dos
comenzaron a gritar y avisaron no recuerda si al 112 o a la Policía.
El portero ha declarado que era «muy frecuente» que subieran chicos a
su piso, en etapas «muchos», y que cuando el canónigo percibió que «los
vecinos comenzaban a darse cuenta de que ocurría algo extraño» les
citaba fuera del horario de portería.
En su mayoría eran personas «muy
necesitadas, que aparcaban coches, incluso a algunos físicamente se les
veía que tenían adicción a alguna droga, todos mayores de edad».
Alfonso tenía «un carácter fuerte, complicado», ha relatado y ha
añadido que iba a buscarlos a la estación de autobuses o a la calle
Bailén. «Yo porque sabía torearlo a pesar del asco que me daba a mí por
lo que estaba haciendo, pero los vecinos estaban hartos», ha constatado.
«Depende del carácter de esos chicos la cosa acababa de una manera o
de otra», ha apuntado. Para evitar incidentes tenía «una persona de
confianza» que entre otras funciones le dijo que «cuando había problemas
con los chicos iba a amedrentarlos».
También llamó a un electricista
para una desconexión rápida del telefonillo para que «los chicos se
cansaran de llamar».
A los chicos con los que pasaba la noche los encerraba si se iba a
algún sitio. «Al principio me decía que si hacían algo que le avisara
porque tenía dinero y tenía miedo de que se llevaran algo, pero yo le
contesté que no era mis funciones y que no me parecía correcto», ha
apuntado.
Y ha contado algunos de los incidentes que presenció, como el
de un chico de color que bajó «diciendo que le había tocado el culo y
que le iba denunciar, que no podía ser que un sacerdote hiciera eso»,
otro que insistía en hablar con Alfonso porque había concertado sexo
oral por 60 euros y solo le pagó 40 y «tenía una necesidad imperiosa de
conseguir ese dinero, no mostró una actitud violenta sino de
desesperación porque se vio humillado».
Otra vecina le contó que escuchó una conversación de la víctima con
un chico: «le estaba diciendo que si se la chupaba le daría dinero».
«Los vecinos estaban hartos, a ellos y a mí nos resultaba repugnante y
doloroso», ha recalcado. Pero no era algo nuevo. Una vecina del anterior
inmueble en el que residía les avisó: «Que se preparen todos los
vecinos porque lo que viene es muy fuerte. Es un sacerdote al que le
gustan los chicos».
Según el relato del ministerio, el acusado, en unión de otra persona
no identificada y con quien actuaba de acuerdo, logró que el canónigo
les franqueara la entrada, ya que confiaba en él. La persona que
acompañaba al acusado, aprovechando el hecho de hallarse sola la víctima
y que conocía donde guardaba su dinero y sus tarjetas, lo tiró en la
cama, le tapó la boca hasta que, a la vez que le ahogaba con la otra
mano apretándole el cuello, logró acabar con su vida sin que el anciano
tuviera oportunidad alguna de defenderse.
Se apoderó de su móvil, de dos tarjetas y se las dio al acusado, que
las utilizó para disponer de efectivo de varios cajeros automáticos
usando la clave de su víctima, que conocía o averiguó esa noche. Parte
del dinero en efectivo le fue entregado por el acusado a la persona que
entró en el piso del canónigo y que acabó con su vida.
Por contra, la defensa mantiene que el acusado ni siquiera accedió
esa noche a la vivienda. Fue la otra persona, del que desconoce su
dirección, quien le hizo entrega de las tarjetas y un móvil,
proponiéndole repartirse el dinero.
En ese momento no sabía que el
canónigo estaba muerto. El letrado señala que no hay imágenes de su
defendido en las cámaras de seguridad, que ningún testigo le vio entrar o
salir esa noche y que la Policía no hizo ninguna averiguación útil
tendente a localizar a la otra persona.