PALMA
DE MALLORCA “Els habitants de tots els pobles de la Vall saben que són
mallorquins, i aquest és el nom que tots els donen” [“Los habitantes de
todos los pueblos de la Vall saben que son mallorquines, y este es el
nombre que todos les dan”]. Así se refería en 1936 el filólogo Francesc
de Borja Moll a un hecho insólito del que poco se había investigado
hasta entonces: la presencia de una colonia lingüística mallorquina en
la Marina Alta y parte de la Marina Baixa, en Alicante, concentrada
principalmente en el municipio de Tàrbena, según reportaje de www.eldiario.es
Era
−y es−, como defienden los historiadores, la herencia cultural de otro
fenómeno singular, el de la emigración, en 1610, de decenas de
mallorquines hacia el Regne de València para llenar el vacío que habían
dejado los moriscos tras su expulsión de aquellas tierras, lo que acabó
condicionando el habla de esas aisladas comarcas y desató mitos y
leyendas.
El proceso migratorio llenó además estos territorios
de apellidos mallorquines. Comenzaron a extenderse los Cifre, los
Calafat, los Ferrer, los Estalrich, los Moragues, los Monjo, los
Ginart... y términos originarios de la isla se hicieron cada vez más
comunes, además de los topónimos y características fonéticas y léxicas
propias de Mallorca. La población comenzó a contagiarse de los cuentos,
refranes y juegos lingüísticos oriundos de la isla, ampliamente
recogidos por Jordi Colomina i Castanyer en el estudio Mallorquinismes a
Tàrbena i a la Marina Alta y posteriormente también desarrollados por
Vicent Beltran y Josepa García.
Los historiadores apuntan, sin
embargo, a que su uso ha ido reculando con el tiempo hasta quedar
acotado a Tàrbena, donde el 'parlar de sa' ha pasado a formar parte de
la idiosincrasia de esta localidad de apenas 620 habitantes.
Aun
transcurridos 400 años de la repoblación, hoy en día pueden continuar
observándose, gracias a la reivindicación de sus orígenes y a los
trabajos llevados a cabo por los historiadores, determinados fenómenos
que sólo encuentran explicación en la herencia de quienes allí se
asentaron. Son, sin duda, la prueba más evidente de la importancia que
tuvo la repoblación mallorquina en el Regne de València.
Este
hecho ha despertado con el tiempo el interés de investigadores y
curiosos e incluso ha dado pie a la celebración de una fiesta anual, la
Festa del Parlar de Sa, por iniciativa del Centro de Estudios de la
Repoblación Mallorquina (CERM): los habitantes de Tàrbena se dan cita
cada mes de junio para reivindicar sus raíces mallorquinas en un
encuentro que anima a la creación literaria en la modalidad lingüística
'tabernera', además de contar con premios, espectáculos y actuaciones
musicales.
En concreto, los estudios sobre la colonia
lingüística mallorquina en la Comunitat Valenciana arrancaron con la
tesis sobre el dialecto catalán de Alicante llevada a cabo por Pere
Barnils (1913), lingüista que, por primera vez, dio a conocer la
presencia del artículo 'salat' −uso de los artículos 'es' y 'sa' en
lugar de 'el' y 'la'− en Tàrbena y en la Vall de Gallinera.
Poco
después, el profesor y religioso mallorquín Antoni Maria Alcover
redactaría varias notas a raíz de su visita a estos pueblos, en 1918,
publicadas en el Boletín del Diccionari de la Llengua Catalana.
Ninguna
mención más se conoce al respecto hasta que Borja Moll, discípulo de
Alcover, volvió sobre los pasos de sus antecesores al describir su
estancia en la zona y las peculiares características de sus habitantes.
Atraídos por este fenómeno, tanto Borja Moll como Alcover se
volcaron en investigar a qué se debía la presencia del parlar de sa,
atribuyéndola finalmente a la repoblación llevada a cabo por parte de
mallorquines desplazados a la zona tras la expulsión de los moriscos.
“La causa de tot això ès que realment els habitants de la Vall de
Gallinera descendeixen de Mallorca” [“La causa de todo esto es que
realmente los habitantes de la Vall de Gallinera descienden de
Mallorca”], señalaba Borja Moll en el Almanac de les lletres de Mallorca
en 1936. Sin embargo, sería el historiador y geógrafo Josep Costa
quien, a finales de los años setenta, al estudiar de forma sistemática
la repoblación mallorquina en aquellas comarcas, daría carta de
naturaleza a esta tesis.
Unas consideraciones que, sin embargo,
han sido cuestionadas por algunos autores que, pese al rigor científico
y la solidez documental de las investigaciones de Costa, continúan
defendiendo el origen primordialmente autóctono de buena parte de la
población de estas comarcas, fruto de las conclusiones alcanzadas en
1969 por Jaume Torres Morera, quien afirmó que la repoblación fue un
fenómeno eminentemente local, que sus protagonistas eran principalmente
cristianos 'viejos' valencianos y que las aportaciones foráneas apenas
supusieron un 5,8% del total.
La expulsión de los moriscos, el mayor éxodo de España
Todo comenzó el 22 de septiembre de 1609, cuando, bajo el reinado de
Felipe III, se proclamaba el edicto real que decretaba la expulsión de
los moriscos del Regne de València, a los que siguieron, en los años
siguientes, los de Andalucía, Extremadura y las dos Castillas. Así
rezaba el decreto de expulsión: “Que todos los moriscos de este reino,
así hombres como mujeres, con sus hijos, dentro de tres días de como
fuere publicado este bando, en los lugares donde cada uno vive y tiene y
tiene su casa, salgan de él y vayan a embarcarse a la arte donde el
comisario les ordenare, llevando consigo de sus haciendas los muebles,
los que pudieren en sus personas, para embarcarse en las galeras y
navíos que están aprestados para pasarlos en Berbería, adonde los
desembarcarán sin que reciban mal tratamiento ni molestia en sus
personas. Y el que no lo cumpliere incurra en pena de la vida, que se
ejecutara irremisiblemente”.
Se calcula que, en total, fueron
expulsados de España alrededor de 300.000 moriscos −los que había en un
país de unos 8,5 millones de habitantes−, especialmente del Regne de
València, lo que implicó que éste se quedara con un tercio menos de
población −otras fuentes citan hasta dos terceras partes−.
Fue
la culminación de la “limpieza étnica” iniciada más de tres siglos y
medio antes, como la definió el historiador e investigador Antoni Furió
en su Història del País Valencià, y el mayor éxodo registrado hasta el
momento en la historia de España. Fue entonces cuando los isleños fueron
llamados a cubrir un vacío.
“Sangría” demográfica, pérdida de mano de obra y menos ingresos
“La noticia cayó como una bomba. En el País Valenciano suponía despejar
buena parte del territorio y que sectores productivos enteros quedaran
sin mano de obra”, explican los historiadores Antoni Mas i Foners y
Joan-Lluís Monjo i Mascaró en su obra Per poblar lo Regne de Valèntia...
L’emigració mallorquina al País Valencià en el segle XVII, en la que
señalan que la expulsión de los moriscos provocó, incluso, asombro en el
resto de Europa “no sólo por la injusticia de la medida, sino también
por el volumen de la empresa”.
El propio Papa protestó, ya que implicaba poner en peligro renegar de todo este alud de cristianos“, añaden.
Como ponen de manifiesto en su libro ambos investigadores, una pérdida
de efectivos demográficos de esa magnitud debía de causar una merma
repentina de los ingresos del fisco real y, sobre todo, de las rentas
percibidas por los señores feudales propietarios de señoríos habitados
mayoritariamente −o totalmente− por moriscos. “Tanto para unos como para
otros era urgente proceder a la forestación de las tierras
abandonadas”, señalan respecto a una tarea que comenzó casi al mismo
tiempo que la expulsión, y que tropezaba con la tendencia hacia el
estancamiento de la población del Regne de Valencia, claramente visible a
finales del siglo XVI.
En este contexto, los señores
valencianos tuvieron como primer objetivo “volver a poner en rendimiento
sus tierras”. A tal efecto, y en primer lugar, buscaron repobladores
valencianos. Sin embargo, como señalan Mas y Monjo, numerosos sastres,
herreros y panaderos no eran campesinos de naturaleza y debían pasar a
vivir de ciudades libres a tierras jurisdiccionales.
Los
valencianos, por tanto, únicamente se quedaron cuando se les aseguraron
las mejores tierras y condiciones, por lo que hubo que buscar campesinos
en otros lugares. Y uno de esos territorios fue la isla de Mallorca.
En el momento de la expulsión de los moriscos, el entonces virrey de
Mallorca, el valenciano Joan de Vilaragul, señor de la baronía de
Olocau, era consciente de la “sangría demográfica” provocada por la
deportación, así como de la urgencia de proceder a la repoblación, tal
como explican los dos historiadores, quienes apuntan que no sería
extraño que el virrey hubiese actuado de puente entre las autoridades
mallorquinas y los señores feudales de las comarcas del Marquesat y la
Marina con el objetivo de atraer a pobladores desde Mallorca. Una
operación en la que, además, habría destacado el papel del Duc de
Gandia, secundado de inmediato por otros señores feudales.
Comienza la emigración
“Cabe suponer que las autoridades mallorquinas no debieron de poner
ningún impedimento a la iniciativa”, subrayan Mas y Monjo, dado que,
añaden, los potenciales emigrantes eran las bolsas de población más
pobres del Regne de Mallorca y, sobre todo, consumidores efectivos de
víveres en épocas de carestía. En aquella época, la producción de
cereales en la isla era insuficiente para el consumo de la población, lo
que comportaba la necesidad de proceder a su importación. Los dos
historiadores señalan, por tanto, que en los primeros decenios del siglo
XVII, cuando la producción de cereales iniciaba su declive y la
población mantenía su tendencia al alza, la situación “debía de ser
especialmente crítica”.
Así las cosas, el 11 de octubre de 1611
el Gran i General Consell −entonces máxima autoridad
político-administrativa de la isla−, en una sesión llevada a cabo con el
fin de realizar el escrutinio anual de cereales, determinó que no hacía
falta comprar más puesto que los mallorquines comenzaban a emigrar
hacia el Regne de València.
“Las magnitudes del proceso −al
menos para los contemporáneos− eran más que relevantes”, inciden los
investigadores, quienes destacan que el éxito de la iniciativa, además
de las facilidades ofrecidas por las autoridades, “es fácilmente
explicable: bastaba con prometer −y que la promesa fuese avalada por las
autoridades− tierra de sobra a menestrales, jornaleros y campesinos
que, o bien no tenían, o les resultaba insuficiente para su
subsistencia”.
Los repobladores mallorquines, “mano de obra barata”
De este modo, empujados por la necesidad, estos emigrantes se
convirtieron en la “mano de obra barata” dispuesta a repoblar las
tierras que los repobladores originarios del Regne de València
abandonaban a causa del peso de las exigencias señoriales. Los
historiadores apuntan a que, de la documentación existente en la
actualidad sobre aquel histórico proceso migratorio, se extrae que las
poblaciones más afectadas por aquel movimiento fueron los municipios
mallorquines de Artà, Llucmajor, Manacor, Santa Margalida y Pollença.
Pocos de aquellos emigrantes regresaron a la isla.
Sobre cómo
se llevó a cabo la repoblación mallorquina, autores como James Casey
apuntan a una afluencia masiva de colonos en el periodo en que se
redacta la mayoría de cartas de población (1610-1611), seguida de una
etapa de fuerte renovación entre la primera generación de repobladores
hacia 1630 y, finalmente, una etapa de estabilidad y crecimiento de cada
comunidad entre 1630 y 1640.
En palabras del historiador
valenciano Manuel Ardit, la repoblación se llevó a cabo, de algún modo,
siguiendo la ley de la oferta y la demanda: “La calidad de la tierra, su
situación, las urgencias de los señores y diferentes circunstancias de
este tipo influyeron en las exigencias, facilitando o dificultando el
proceso de repoblación”, apunta el investigador en Els homes i la terra
del País Valencià.
Las leyendas y mitos en torno a la
repoblación mallorquina no tardaron en difundirse y la tradición oral
hablaba incluso de que los mallorquines que se desplazaron al Regne de
València eran en realidad xuetes −nombre con el que se conoce a los
descendientes de una parte de los judíos mallorquines convertidos al
cristianismo−, prisioneros y bandoleros.
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