miércoles, 20 de octubre de 2010

Rubalcaba, el gran vencedor / Manuel Marín de Vicente-Tutor

El presidente del Gobierno ha confirmado en rueda de prensa que su hasta ahora ministro del Interior acumulará además la vicepresidencia primera y el título de portavoz del Ejecutivo, función ésta que compartirá con el nuevo ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui . Un viejo tándem que vuelve a la primera línea tras sus andanzas juntos en el Congreso en la primera legislatura de Zapatero, el primero como portavoz parlamentario del PSOE y el segundo como secretario general del Grupo. Si en lugar de químico metido a político, Alfredo Pérez Rubalcaba hubiese sido –es una suposición– empleado de un supermercado, lo habría sido todo en el negocio: el gestor impenitente, el reponedor de confianza, el inquietante manipulador de mercancías y el vendedor incansable. El empleado del mes, en definitiva.
Desde que Rodríguez Zapatero ganase por nueve votos el 35 Congreso Federal del PSOE en el año 2000 –en un congreso, por cierto, presidido por el nuevo secretario de Organización del PSOE, Marcelino Iglesias– supo que siempre querría tener a su lado a Alfredo Pérez Rubalcaba, aquel ex portavoz del Gobierno más decadente de Felipe González que negaba las evidencias de los engaños sobre la mesa de los Consejos de Ministros con tal capacidad de convicción que llegó a haber, incluso, quien creyó que los GAL, el lodazal de los fondos reservados y los chanchullos de Luis Roldán nada tenían que ver con el PSOE. Con recurrir al socorrido “al Gobierno no le consta…”, Pérez Rubalcaba resolvía airoso una papeleta tras otra. Hasta que los jueces pusieron pie en pared… pero para entonces Pérez Rubalcaba ya había rentabilizado públicamente la imagen de un portavoz fiable para el PSOE, experto en lenguaje corporal, e implacable con la oposición.
Considerado como el hombre de los mil manejos incapaz de dejar uno solo de ellos al albur de la improvisación, Pérez Rubalcaba urdió en la primera legislatura de Rodríguez Zapatero, desde una portavocía parlamentaria más influyente que muchos Ministerios –lo que le granjeó no pocos celos de ministros y ministras– todo el entramado destinado a aislar con un “cordón sanitario” al PP. De su mano, pronto se subieron al carro del “diálogo”, la “cintura” y el “optimismo antropológico” ERC, CiU, el PNV, IU-ICV como “socios preferentes”. De su mano salió la burda declaración del Congreso que dejaba la Ley de Partidos Políticos provisionalmente en papel mojado para “autorizar” a Rodríguez Zapatero a negociar un “proceso de paz” con Arnaldo Otegi y sus “hombres de paz”. Y de su mano, se aprobaron aquellos primeros Presupuestos Generales del Estado que los nacionalistas, sin excepción, festejaron con una orgía de gasto público. Ya como titular de Interior, y también de su mano, Zapatero ha sabido gestionar con éxito –de crítica y público– el duro despertar a la realidad que supuso el atentado de la T-4, poniendo a ETA contra las cuerdas y, por fin, sacándola de la hornacina en la que la había colocado junto a un altar.
Las tres tareas de Rubalcaba
Pérez Rubalcaba es el gran vencedor de esta remodelación del Gobierno. Calculador y metódico hasta niveles enfermizos, equilibra con acierto la doble imagen que ha cultivado durante su trayectoria política: por un lado, la del ministro opaco e intrigante, sectario y vengativo, la imagen de un poderoso encantador de serpientes, de un escrutador de la debilidad del enemigo incapaz de utilizar en sus maniobras otra herramienta diferente al engaño; por otro, mantiene –sobre todo entre los socialistas– ese rostro de gestor eficaz, de político seguro y de militante volcado al servicio al partido en los momentos más tensos y de menor credibilidad. Sin duda, Zapatero le ha elegido como “hombre fuerte” para resolverle –intentar resolverle, sería más correcto– el conflicto de identidad que ha anidado en el PSOE. Su nuevo objetivo es conjurar el peligro evidente de sufrir la “catástrofe electoral” de la que advirtió días atrás José María Barreda, y recuperar la pérdida de peso sufrida por el PSOE y la perfilada imagen de insolvencia con que Zapatero ha desdibujado a todos y cada uno de sus gabinetes, especialmente al que ahora ha desencuadernado.
A día de hoy, Pérez Rubalcaba cree haber amortizado ya los odios que meritoriamente se granjeó entre la mitad de los españoles en las fatídicas jornadas previas al las elecciones generales del 14 de marzo de 2004. Pero si no fuera así, tampoco le importa lo más mínimo. Como no le importa seguir siendo la eterna “sombra” del felipismo más espeso y menos creíble. Sabe a quién sirve –al PSOE– y para qué lo sirve –para ganar elecciones–. Ahora le toca remar de nuevo desde la posición más visible del Gobierno, y tiene tres encargos: la gestión del final de ETA, desde la perspectiva de quien se ha ganado una percepción social de ministro duro contra ETA que ha sabido reconducir el fiasco del “proceso de paz”; la gestión de los favores al PNV durante lo que resta de legislatura; y, especialmente, la gestión de la traición con la que Rodríguez Zapatero ha “agradecido” a Patxi López, y a todo el Partido Socialista de Euskadi, sus desvelos por cambiar a fondo la realidad política de un País Vasco socialmente maltratado durante años por los vicios del nacionalismo. Desde esta perspectiva, no es arriesgado decir que la llegada de Ramón Jáuregui a Moncloa es una petición expresa de un Pérez Rubalcaba que ha fabricado personalmente buena parte de esta crisis del Gobierno.
Más suspicacias que certezas
Sin embargo, su nombramiento presenta más dudas y suspicacias que certezas: primero, porque resulta harto dudoso que en este momento de crisis profunda goce aún del imán y la credibilidad de antaño para remontar la imagen de indolencia, decadencia e impotencia que transmite el Gobierno. Segundo: hay quien se apresura a apuntar a Rubalcaba como el gestor del “postzapaterismo” e, incluso, como el “mirlo blanco” que pueda sustituir a Zapatero como candidato, ya que habría tomado la hipotética decisión de no repetir. Elucubraciones aparte, Zapatero aún no ha aclarado si se presentará o no a las elecciones. La incógnita no es si Zapatero quiere ser candidato de nuevo o no, sino si tendrá o no opciones de ganar. Zapatero sólo quiere ganar y sólo se presentará si sabe que va a ganar. Tercero: Rubalcaba asume en su nuevo cargo un complicado reto, el de conseguir una remontada aún incierta y más que difícil para Zapatero. De no conseguirlo, su desgaste habrá sido en vano… y definitivo para su carrera política. Y cuarto: 2011 será el año previo a unas elecciones generales, un año de liderazgos políticos en juego y un año viciado con las connotaciones propias de las expectativas de un cambio en el poder. Serán por tanto unos meses propicios para el tradicional afloramiento del “juego sucio”. Y, a día de hoy, de sus trucos, del manejo de los resortes más oscuros del poder, nadie puede dar una sola lección a Pérez Rubalcaba.
 
http://www.abc.es/20101020/espana/rubalcaba-vencedor-cambio-gobierno-201010201231.html

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